domingo, 25 de noviembre de 2007

Eramos tres: Jose, Mar y Andrés

La otra noche, como tantas noches, me dirigía al Bariloche a tomar la última. Decidí pasar primero por la calle del Café Teatro, y mirar a ver si estaba Jose. Efectivamente, allí estaba, así que reconfiguré mis planes y entré a hablar un rato con él.
Hasta ahí todo bastante normal.
Pero cuál fue nuestra sorpresa cuando se cuela en el bar un amigo común, nuestro viejo amigo Andrés. Estaba requeteargentino, tanto que a veces no le entendiamos.
Yo me pedí la segunda Mahou. Jose se pegó un patxaran. Andrés se bebió un gin tonic.
Tenía brillo en los ojos, y esa vez no era a causa de la yerba. Transmitía alegría, positividad. Menuda sorpresa. Jose y yo incluso lo comentamos. “Que cambiado está, ¿verdad?”. Hasta él lo reconocía. “Una parte de mí no cambió, y a la vez, ya no soy el viejo Andrés, que no dormía jamás”.
Nos confesó que estaba enamorado, aunque nosotros ya lo sospechabamos.
Nos contó que extrañaba a sus amigos y nosotros le perdonamos algunas rimas.
Descubrimos que de su boca un tequiero no suena cursi y que cada pensamiento nuestro es suyo, que la importancia del agua es vital y que tomamos para olvidar.
Cantamos. Cantamos mucho y fumamos más.
Yo me quería ir, pero estos dos se pusieron pesados. Jose sacó otra birra y Andrés toda su excentricidad. Entonces pasó. En ese momento sí que vimos de nuevo al viejo. Y nos volvió a conquistar, como siempre, a su manera.
Deseé más días como estos, en los que no hay mucho que ver, pero sí mucho que escuchar.
Allí les dejé a los dos, cantando. Y tras esta noche sospechosamente light, volví a casa jodida de frío, pero contenta de haberme reencontrado contigo.

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